Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, una de las fiestas principales de la Iglesia. Un Dios; tres Personas. Pero—con toda la debida reverencia–¿y qué? Hay muchas maneras de responder a esta pregunta; voy a enfocar dos.
Confesando la Santísima Trinidad, confesamos que antes de la creación hay una comunidad de amor: Padre, Hijo, Espíritu Santo. “Dios es amor” decimos, y aquí tenemos el sentido más profundo de esta afirmación. Antes de nada, una comunidad de amor. “Comunidad”: quizá la palabra es demasiado débil. Mejor: una fiesta, un baile de amor. Y desde este amor Dios crea nuestro universo. Ni por carencia ni por necesidad, sino para compartir este amor primordial.
Compartir este amor primordial. Y aquí tenemos el destino humano: participar/vivir en esta comunidad de amor. Vislumbramos este destino en muchos textos de la Biblia. Por ejemplo, después del Éxodo y la entrega de la Ley:
Subieron Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta dirigentes de Israel, y vieron al Dios de Israel: bajo los pies tenía una especie de pavimento de zafiro, límpido como el mismo cielo. Dios no extendió la mano contra los notables de Israel, que pudieron contemplar a Dios, y después comieron y bebieron. (Ex. 24:9-11 BNP)
O del profeta Isaías:
6 Y el SEÑOR de los ejércitos preparará en este monte para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vino añejo, pedazos escogidos con tuétano, y vino añejo refinado. 7 Y destruirá en este monte la cobertura que cubre todos los pueblos, el velo que está extendido sobre todas las naciones. 8 Él destruirá la muerte para siempre… (Is. 25:6-8 LBA)
O del fin de la Revelación de Juan:
El Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que desea, que tome gratuitamente del agua de la vida. (Ap. 22:17 LBA)
Una fiesta de gozo desde antes de la creación—y nosotros, invitados a participar.
Ahora, un paréntesis, innecesario para algunos, necesario para otros—como su servidor. Un Dios; billones de personas: ¿no implica esto una burocracia sofocante? Bueno—necesito un poco más de imaginación. Y parece que Jesús mismo se dio cuenta del problema:
29 ¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno de ellos cae a tierra sin permiso del Padre de ustedes. 30 En cuanto a ustedes, hasta los pelos de su cabeza están contados. 31 Por tanto, no les tengan miedo, que ustedes valen más que muchos gorriones. (Mt. 10:29-31 BNP)
Hasta los pelos de mi cabeza. Y vemos esta dimensión personal de la invitación particularmente en los retratos de la Dama Sabiduría en el Antiguo Testamento:
Ella misma se da a conocer a los que la desean. Ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen, los aborda benigna por los caminos, y les sale al paso en todo proyecto. (Sab. 6:13, 16 BNP)
En otras palabras, esta invitación de la Santísima Trinidad: no viene dirigida a ¨Ocupante¨ o ¨Residente¨.
Y esto nos lleva al segundo tema de esta plática. El primero: la asombrosa invitación de la Trinidad. El segundo: Dios no nos abandona a nuestros propios recursos para responder a esta invitación, como hemos escuchado en las lecturas de Romanos y Juan. En Romanos Pablo habla del Espíritu empoderando nuestras oraciones. Un poco después, de la intercesión del Espíritu cuando no tenemos la menor idea cómo orar:
26 De ese modo el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad. Aunque no sabemos pedir como es debido, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar. 27 Y el que sondea los corazones sabe lo que pretende el Espíritu cuando suplica por los consagrados de acuerdo con la voluntad de Dios. (Rom. 8:26-27 BNP)
En el Evangelio de Juan Jesús usa la imagen de nacimiento: ¨Te aseguro que, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.¨ (Jn. 3:5 BNP) Por eso bautizamos con agua en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Nacimiento: la imagen sugiere un evento único. En la práctica, algo que recurre cuando—usando las palabras de Pablo—con la ayuda del Espíritu hacemos morir los hábitos destructivos que siguen siendo parte de nuestro carácter.
En otras palabras, ¿qué nos dice la doctrina de la Trinidad? Respondemos al Padre con el Hijo a nuestro lado y el Espíritu dentro y entre nosotros.
Bueno. La asombrosa invitación de la Trinidad, la asistencia diaria de la Trinidad a responder a esta invitación: basta para una plática. Pero, hay la última parte de la lectura de Romanos:
Y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que ya somos hijos de Dios. Y puesto que somos sus hijos, también tendremos parte en la herencia que Dios nos ha prometido, la cual compartiremos con Cristo, puesto que sufrimos con él para estar también con él en su gloria. (Rom 8:16-17 DHH)
¿Sufrir con él? Después de tantas referencias a gozo, fiesta, banquete, ¿de dónde viene eso de sufrir? Una respuesta completa implicaría otra plática. Entonces, una respuesta mínima. En la parábola de Jesús que solemos llamar ¨El hijo pródigo¨ el padre quiere que tanto el hijo prodigo como el hijo creído estén en el banquete. Pero eso pasará solamente si los dos reconocen que el amor del padre, un amor que perdona y que vence al mal haciendo el bien (véase Rom 12:21) es una muestra de fortaleza, no de debilidad. Eso pasará solamente si los dos hijos practican este amor, perdonando, venciendo al mal haciendo el bien.
La Santísima Trinidad quiere que nosotros estemos en el banquete. Mejor: quiere que nosotros y nuestros enemigos estemos en el banquete. Pero eso pasará solamente si reconocemos que el amor del padre, un amor que perdona y que vence al mal haciendo el bien es una muestra de fortaleza, no de debilidad. Eso pasará solamente si hemos empezado a practicar este amor, perdonando, venciendo al mal haciendo el bien. Y esta práctica en este mundo trae sufrimiento—como nos recuerda cada Eucaristía (¨que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo¨).
La Santísima Trinidad, una comunidad de amor desde antes de tiempo mismo, invitándonos a esta comunidad, empoderándonos por el Espíritu para responder a esta invitación, empoderándonos por el mismo Espíritu a caminar en el camino de perdón y de vencer al mal haciendo el bien: buenos motivos para celebrar esta fiesta, ¿no creen? Amén.