Domingo de Pasión: Domingo de Ramos: Un Sermón

Habrá varias oportunidades de contemplar los eventos de Semana Santa en la semana entrante. Buena cosa, porque hay mucho de contemplar.

Hoy me llaman la atención dos elementos. Primero, los gritos del pueblo:

¡Que muera este hombre! Déjanos libre a Barrabás.

¡Crucifícalo, crucifícalo!

Como nos enseña la liturgia, es nuestro grito. Basta con la mentira “¡Es el grito de los judíos!” Es el grito del pueblo de Dios. Y esto es importante en nuestro contexto tan polarizado, donde es tan fácil suponer que la maldad habita entre ellos. Nosotros los justos, ellos…

Y—entre paréntesis—Jesús anticipa este error:

Señor, yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte.

Te digo, Pedro, que hoy antes de que cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces.

Por la gracia del Señor nuestras historias no terminan aquí. Sin embargo, creo que es bien importante recordar este “Crucifícalo,” reconocer nuestra solidaridad hasta con nuestros enemigos.

Segundo, este “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” La consecuencia, la integridad de Jesús es francamente temible. Antes, en una situación más calma: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal.” Y aquí está. Pero, ¡ojo! No dice “Les perdono yo a Ustedes¨ sino “Padre, perdónalos. ¨ Quizá en este momento no es capaz de perdonar, pero hace lo que puede: ¨Padre, perdónalos. ¨

Tenemos enemigos. A veces nos no es posible perdonar. ¿Quizá podemos orar por ellos? Me ayuda mucho el rezo en nuestro LOC:

Oh Dios y Padre de todos, cuyo Hijo nos mandó amar a nuestros enemigos: Guíanos a nosotros y a ellos del prejuicio a la verdad; líbranos del odio, la crueldad y la venganza; y, a tu debido tiempo, capacítanos para llegar reconciliados a tu presencia; por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Cómo dije, hay tanto que contemplar esta semana. En el centro, Jesucristo, quien, en las palabras de la Gran Plegaria “Extendió sus brazos sobre la cruz y se ofreció en obediencia a tu voluntad, un sacrificio perfecto por todo el mundo.” Y precisamente este Jesús estando en el centro me impulsa ver parte de mi carácter (“Crucifícalo”), y parte de mi vocación como su seguidor (“Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han hecho mal.”). Y cuando no puedo perdonar, por lo menos puedo—debo—orar.

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